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Pregones de Semana Santa 2001 Buenas tardes a todos, vecinos, familia y amigos: Recién entrado
Abril susurra ya perfumes de las flores primaverales, de las lacrimales
yemas que lloran nuestras cepas, brisas vitales, que como una gigantesca
explosión, inundan nuestras plazas, nuestros patios y nuestros
campos. Aires de la sierra que nos traen tenues caricias de olivar ceniciento
y aromas de tomillo y romero. Aquí me tienen,
recién entrado abril, y ciertamente avergonzado. Avergonzado porque
están ahí, escuchándome, cuando yo no puedo contarles
nada que ya no sepan. Es más, sería yo el que tendría
que bajarme de aquí y aprender de su experiencia, de sus vivenvencias.
Sois vosotros, que habéis vivido más que yo, los que deberíais
explicarme a mí qué es la Semana Santa. He de estar agradecido
sin embargo a la Junta de Hermandades de Pasión el haberme propuesto
ser humilde pregonero de la Semana Santa, a lo que en principio me opuse,
pero luego no pude resistir. Ciertamente, era una de mis grandes ilusiones
en la vida. Gracias a ellos, hoy estoy cumpliendo uno de mis sueños. Dar las gracias, muy
sinceramente, a Poli por su presentación y porque de él
también he aprendido mucho de lo que significa la Semana Santa. Y agradecido también,
por supuesto, a todos vosotros, que habeis tenido a bien venir a escucharme.
Gracias a todos. Yo no soy nadie relevante en la vida del pueblo, tampoco tengo méritos profesionales, ni siquiera tengo un papel destacado en la semana santa villarrubiera. Quizá mi único bagaje es que fui cofrade desde el día que nací. Cuando di mis primeros pasos, recién nacidos los dientes, me colocaron una blanca túnica y me sacaron a la calle. Y desde ahí, desde las filas, desde debajo del trono de la Virgen niña primero, y luego bajo la Dolorosa he ido observando muchas cosas de vosotros que me escucháis. He ido aprendiendo de vosotros, viendo como viven la Semana Santa las sencillas gentes de Villarrubia. Eso, lo que yo he visto en vosotros, es lo que, hablando desde el corazón os voy a contar,: "A ver a que
hora vienes, que tenemos que ir a la función" dijo su esposa
cuando Julián se calzaba las botas del campo sentado en el pico
de la cama. No te preocupes mujer, que solo voy a hacer unos hacecillos
de leña, dijo con su ya temblorosa voz mientras besaba la mejilla
surcada de arrugas de la mujer. Amanecía el
Domingo de Ramos, Julián se abrigaba para protegerse del relente
y recordaba cuando nuestro pueblo tenía sus calles toscamente empedradas
y terrosas. Cuando los hierbajos y la grama surgían por todos lados
y un reguerillo de agua parduzca acompañaba los caminares. Ese día, como
todos los años, Julián y su esposa verían la procesión.
Los niños de la catequesis, risueños y traviesos, recorrían
las calles, desde la Soledad a la Iglesia con ramas de olivo en las manos,
abanicando el viento. Los mayores con amarillas hojas de palma, cimbreándose
altaneras, doblándose como juncos, formarían filas ceremoniosas
trajeados con sus mejores galas. Todo el pueblo, jubiloso, aclamaba a
Jesús como un rey: " Al día
siguiente, la multitud que había ido a la fiesta, al oír
que Jesús venía a Jerusalén, salió a su encuentro
con ramos y palmas gritando: ¡Dios nos salve! ¡Bendito sea
el rey de Israel!Jesús encontró un borriquillo y montó
en él" Jesús entraba
triunfal en Jerusalén, días antes de su muerte. Una gran
multitud rodeó a Jesús, y con ramos de olivos y ramas de
palmeras, lo acompañó en su entrada en la ciudad, entre
cantos y aclamaciones. Muchos lo reconocían con fe y esperanza.
¡hosanna! El rey de los pobres, descalzo, montado en un borriquillo
y rodeado de niños. ¿Se puede ser más humilde? Julián, detrás
de su rudo aspecto de anciano agricultor agrietado, se conmovía
con los cánticos de los niños, y sus ojos se llenaban de
lágrimas contenidas: ¿seremos como las hojas de palma, que
se doblan según les da el viento, que nos dejamos llevar, que olvidamos
pronto nuestros compromisos? -pensó Julián mientras pellizcaba
la cara a Pablito, que desfilaba en la fila. Pablito era el hijo
de su vecino Pablo. Tenía no más de nueve años y
ya hacía dos que era hermano de los blancos. Cuando llegaba Jueves
Santo, bajaba por la calle del Hermano Mayor hasta la iglesia con su pequeña
túnica de nube blanca y su capa de cielo azul. "El cordón
a la derecha y el rosario a la izquierda", recordaba siempre a su
madre cuando lo vestía. Pablito siempre se adelantaba en las filas
al llegar al templo para ver la salida de los pasos de los "moraos". La gente abarrotaba
la calle y entre los murmullos salía a hombros de los más
jóvenes el Niño de la Bola, mofletudo, risueño, Jesús
en su infancia. Pablito veía en él a su amigo fiel, a alguien
cercano, Jesús, salvador del mundo, Diós era un niño,
como él. Su amigo Jesús le confortaba cuando estaba triste,
o cuando tenía miedo y por eso todos los años se iba delante,
junto al estandarte guía, para ver su salida. "Estaba todavía
hablando cuando llegó Judas, uno de los Doce, y con él mucha
gente armada de espadas y palos...El traidor les había dado una
señal: "Al que yo bese, ése es, arrestadlo." Se
acercó a Jesús y le dijo "Buenas noches Maestro"
y lo besó..." Entre la oscura ramoniza
de la noche de Getsemaní el discípulo traicionaba a su maestro,
y cada hoja aciculada del olivo parecía multiplicar la pesadumbre,
las expresión de desconcierto de los amigos. Impotencia de un puñado
de pescadores que perdían a su Señor. Al ritmo lento del
tambor Jesús traicionado se alejaba y allí, en la calle,
junto a la puerta entreabierta de la sacristía, Pedro pensó
cuantas veces hemos engañado a nuestros iguales, cuantas veces
los hemos traicionado. Cerró los ojos y volvió la cabeza. Al lado, en la acera
estaba Isabel, a sus dieciséis años era toda una mujer como
diría su abuela. Con gesto serio presagiaba el siguiente paso:
"El cristo amarrado a la columna" "Entonces Pilato
dejó en libertad a Barrabás y mandó azotar a Jesús.
Los soldados le quitaron los vestidos y le pusieron un manto de color
rojo. Después le pusieron en la cabeza una corona que habían
trenzado con espinas y en la mano derecha una caña. Se burlaban
de él, le pegaban y le escupían en la cara" Mil velas encendidas son lágrimas de llanto por el dolor del preso, preso de amor y preso de pena.Mil gotas de sangre surcan su espalda y son mil azotes amargos que nos corroen el alma.Mil espinas de aguja hilvanan su frente y en nuestro corazón se caen los pétalos, marchitos de compartir su sufrimiento. Isabel siente los latigazos en su cuerpo y se abrasa con el dolor de Jesús ultrajado, de Jesús apaleado... mientras ve alejarse entre flores al flagelado, piensa triste y sonrojada cuantas veces herimos al hermano, y en el dolor de los maltratados, de los que sufren , de los olvidados en esa noche relunada. Al cabo de unos minutos
se produce una agitación general; las pocas colillas que brillaban
al consumirse caen al suelo; reina la expectación y el silencio;
las miradas se clavan incisas en la boca grande del cancel y todos los
cuerpos, unos junto a otros, están en tensión. Tras la "Flagelación"
saldría Jesús, susurraban los padres a sus hijos. Allí, al lado
de las puertas quejumbrosas del templo, esperaba impaciente la Eugenia.
Todos en el pueblo conocían a la Eugenia. A sus ochenta y pico
años seguía yendo cada jueves santo a la puerta de la iglesia
para ver salir al nazareno. Tras el cancel, empezaba el vacilante caminar
de Jesús con la Cruz a cuestas,: ¿De qué
te acusan, Nazareno? ¿Cuál es tu pecado? Pero sus labios
sellados solo aciertan a decir: amaos unos a otros como yo os he amado.
La Eugenia llora: hasta en eso le hemos fallado. Un taca taca acelerado
mueve las filas de los blancos que cruzan al otro lado de la calle. Marijose
mira fijamente los dorados faroles y piensa que son luceros enjaulados,
pequeños jilguerillos de fuego. Marijose siempre supo que no era
como las otras niñas: en el colegio no leía como las demás,
ni hacía cuentas... nadie hablaba con ella. Todas fueron creciendo,
tuvieron novio...todas menos la pobre Marijose, que nunca sería
como las demás. Sin embargo era inocente, pura, exenta de malicia.
Por eso, seguramente su corazón era más grande, por eso,
seguramente, le costaba menos dar su amor. Enfrente, los niños y niñas de la hermandad de la Soledad y Veracruz alzan con sus hombros delicados al más delicado de los nardos. La niña María: la edad más pura de la mujer más pura, la edad más limpia de la mujer más limpia. La virgen niña entrelaza sus manos en el pecho sujetando un rosario nacarado: sale la inocencia misma, el amor más entregado. Marijose se siente feliz y tira un beso con su torpe mano a la virgen niña que se va alejando. Josefa es la madre
de Marijose. Detrás, sujetando por los hombros a su hija contiene
el aliento mientras, en el interior del templo, los costaleros rezan nerviosos
a la Virgen de los Dolores antes de cogerla sobre sus hombros. Josefa
quedó viuda siendo todavía muy joven, con un árido
camino por delante para luchar por su hija, con problemas mentales, y
por su hijo, un joven de rizos claros. A los 21 años, su hijo murió
en un accidente de tráfico. Sin embargo Josefa no desesperó,
sino que siguió ahí, tragándose la congoja, con el
corazón atravesado. Por el cancel los
costaleros casi rozan sus manos con el suelo, entre jadeos, van arrastrando
los pies sobre el pavimento helado. La tristeza más sublime, el
desconsuelo más desgarrado. Con un esfuerzo desatado, sube al cielo
suspirando la más llorosa de las madres, la más espinada
de las flores: nuestra madre, la Virgen de los Dolores. "Simeón
cogió a Jesús en Brazos y dijo a María su madre:
" Mira, este niño debe ser causa tanto de caída como
de resurección para la gente de Israel. Será puesto como
una señal que muchos rechazarán, y a ti misma, una espada
de dolor te atravesará el alma" La Virgen de los Dolores
tiene el corazón bordado por el sufrimiento, el alma bañada
en llantos: que se le llevan preso a su hijo amado, que se lo llevan para
matarlo. Sin embargo, silenciosa sigue sus pasos doloridos, poco a poco,
latido a latido, con un corazón agrietado que arde. Silenciosa también, se como la noche a la tarde. El viento mece el palio cimbreante, y los costaleros mecen a la Madre entre gladiolos, recordando a los que sufren, que nunca estarán solos. Cuando la noche acaba,
engullida por la gélida madrugada, Antonio se cubre con su túnica
de hueso, se enfunda el aterciopelado capirote verde, agarra su farol
esmeralda y se lanza calle abajo. Los esperanzos sacan sus pasos a la
calle, bajo el cielo estrellado y los villarrubieros esperan en el templo
con sus corazones apretados. Sereno, grácil,
ligero... de nuevo la Semana Santa chiquita, aparece, despertando la ternura,
el niño Jesús carpintero. Que nobleza en su corazón
sincero, que generosidad en su gesto infante. El niño Diós,
martillo en mano, rueda lento hacia delante. Adentro se escuchan
voces: las chicas costaleras se colocan el costal y ajustan sus cuellos
a las trabajaderas. Tras la orden el capataz la sombra de un olivo cano
aparece en la madrugada. Allí, un ángel delicado de ojos
dulces y almendrados da aliento al Dios más hombre, al hombre más
desconsolado: La imagen de Cristo
con los sufrimientos de un Hombre, resignado en su silencio, sumido en
la turbación, el miedo, vigilia y rezo. La amargura de sentir de
cerca que llega el final le hace sudar dolorosas gotas de sangre. Sus
amigos, se han dormido. Ahora está solo. Sólo los olivos
centenarios de Getsemaní son testigos. ¿Por qué te
abandonan, Nazareno? ¿Dónde están los que te aclamaban
con ramos y palmas. ¿Por qué te abandonan, Nazareno? Antonio enciende su vela y piensa cuantas veces hemos abandonado al que más nos necesitaba, cuantas veces retiramos el hombro cuando nos duele el peso del dolor ajeno... poco a poco se va alejando "Jesús en el huerto". Entre el terciopelo
verde y la plata, entre la cera derretida y la noche clara, asoma al cancel
la Virgen de la Esperanza. La música se desparrama por el suelo
y forma alfombras de notas, caminitos de sosiego. La madre de Dios, como
siempre detrás de su hijo, empieza el caminar lento: paso a paso,
paso a paso, paso a paso... Toda la vida esperando la amargura del momento.
Nunca dudaste, buena madre. Siempre confiaste en su palabra. Enséñanos
María a no perder nunca la Esperanza. María esperanza del
que sufre, esperanza
del que anhela, esperanza del que vive y del que espera vida nueva. Cuando los verdes
llegan por el ayuntamiento, se cierran las puertas grandes del templo.
Ahora todo es silencio. Dentro, Jesús está acompañado.
El santísimo monumento, en una recogida capilla es adorado. Sus
amigos villarrubieros no lo abandonan en la noche de la traición,
No le dejamos solo. En el sufrimiento, blancos, moraos, verdes y pueblo,
acompañamos con oración a Jesús en tormento y reflexionamos:
la agonía de Jesús sigue hoy en nuestros hermanos enfermos,
solos, marginados, explotados, perseguidos, despreciados... Más tarde,
cuando ni es noche ni es mañana, ni es alba, ni es madrugada: es
la hora de afrontar la última senda estrellada. Un cofrade morao espera
sentado dentro de la Iglesia el comienzo de la procesión: va descalzo,
tiene cadenas en los pies y soporta el peso de un astillado madero. Jesús toma
la cruz y se abraza a ella. La abraza y el abrazo le va abriendo heridas
en sus hombros llagados. ¡Qué duro se hace caminar con paso
lento por la via dolorosa de la cruz . El Nazareno sale de la iglesia
entre el aliento contenido de los fieles más madrugadores y con
debilidad, avanza sudoroso y sediento. Los moraos dibujan
silenciosas estelas de luto con sus cruces. Los blancos desgranan en murmullos
las cuentas de sus rosarios. En la esquina de correos,
Jesús cae por primera vez: allí, en el suelo lo encuentra
su madre. Fortaleza de Dios, debilidad de hombre.Jesús desfallece
como hoja de otoño y cae ante el correr presuroso de María. Joaquín, que
observa desde un balcón el encuentro, llora acongojado una saeta:
de sobra sabes, Madre Mía, que toda mi vida daría por quitarte
siquiera un cachito de dolor. Que tu pena quiero hacer mi pena, y abrazar
contigo al Nazareno, nazarena. Déjame que llore por ti, Madre de
los Dolores. De sobra sabes, Jesús caído, que a mordiscos
me arrancaría el corazón para alfombrar tu rodilla dolorida,
y con mis dedos coronaría mi frente con tu corona de espinas, y
con mi espalda, mis hombros y mi alma llevaría tu cruz.... para
que descansaras Tú. Jesús se levanta
y camina calle arriba. María, llora calle abajo. Javier es costalero
de la dolorosa. El penúltimo del segundo palo de la parte de delante.
Al llegar a la esquina del Mercado la virgen se para. Javier ve como las
chicas costaleras corren con la Santa Mujer Verónica sobre sus
hombros. Jesús ha caído por segunda vez: "Cuenta una piadosa
tradición que al pasar la comitiva, una mujer se metió entre
la alborotada turba, se acercó al Salvador y con un velo que llevaba
le enjugó piadosamente el sudor de su divina cara. La Verónica,
mira a Jesús con pena y seca su sudor doloroso. Nadie más
da su aliento al Dios abandonado, nadie más le abraza, nadie más
le reconforta. Javier se lamenta de no ser siempre como Verónica: aquella mujer, ajena al que dirán de sus vecinos, se lanzó para ayudar al condenado, al marginado, al que nadie quería... El nazareno se levanta:
¡ Costaleros de Jesús: Arriba! Por una calle empedrada dirige
de nuevo sus pies descalzos hacia el calvario. En el palo izquierdo
del trono de los morados, Víctor es el primero. Su hombro dolorido
escuece más en la calle paradores, donde el sol acaricia suave
el lívido gesto de Jesús. Al llegar a la esquina... Jesús
cae por tercera vez. El pueblo se lamenta. "Le seguía
una gran multitud del pueblo y de mujeres, que lloraban y se lamentaban
por él. Jesús, volviéndose a ellas, les dijo: Hijas
de Jerusalén, no lloréis por mi, llorad más bien
por vosotras y por vuestros hijos" Después Jesús clava de nuevo sus pies en la tierra, gira sobre si mismo, y sube la última cuesta antes de morir. Victor agarra fuerte su palo y piensa: Enséñame, Señor, a tener un corazón como el tuyo para comprender al que sufre y perdonar al que me hiere. Entre aplausos, Jesús entra en el templo. Detrás entra verónica con contrariado semblante. Silenciosa y llorosa, María, entra en la iglesia empujada por el corazón de todo el pueblo. Ha terminado el camino de la cruz, la vía dolorosa. Noche de Viernes Santo.
Luto. Viernes Santo por la Noche. Negro. Noche de Viernes Santo, dolor
negro y enlutado. Gabriel está
muy viejo. Su corazón le ha dado ya tres sustos, y sus pulmones
renegridos apenas si le sirven para respirar. Tapado con una manta, espera
paciente en su silla de ruedas en la esquina de la Soledad y la calle
Charcazo. En su pecho siente tristeza, llanto y pésame. Delante de la cansada
vista de Gabriel van desfilando los verdes, silenciosos, respetuosos.
Jesús ha muerto y sólo el silencio merece ser sudario con
el que cubrir su cuerpo. El dolor sobrecoge a las figuras del santo descendimiento: "José
de Arimatea pidió a Pilatos el cuerpo de Jesús. José
bajó el cuerpo de la cruz y lo envolvió en una sábana
que había comprado. Fue también Nicodemo, aquel que había
ido de noche a ver a Jesús, llevando mirra perfumada y alóe.
María Magdalena y la otra María miraban donde colocaban
el cuerpo". Sin embargo, a lo
lejos, un campo de velas encendidas y un torrente de luces iluminan la
cara de la Virgen de la Esperanza. Incluso en esos momentos, piensa Gabriel,
hay que tener un corazón anhelante de confianza, esperanzado. Así
todos confiamos y esperamos respetuosos pensando en lo que dijo Jesús: La noche se va haciendo
cada vez más cerrada y oscura bajo el cielo villarrubiero. Los
moraos bajan en cascada de espuma negra calle abajo. El sonido de las
cornetas es un lamento estridente, un alarido de dolor al aire. Dios es
hombre y como hombre sufre, agoniza y muere. Colgado de un madero, desnudo
y destrozado, el hijo de Dios siente el abandono más absoluto cuando
lanza al aire su último suspiro de aliento: La madera ya no es
ahora madera, es muerte. Vemos al hombre colgado en la cruz, recorremos
entre lágrimas sus venas, sus tendones en tensión, sus costillas,
sus músculos maltratados. Sentimos el dolor de sus manos y pies
llagados, y nos escuece como propia la llaga de su costado. Nuestra luz,
se ha apagado. El camino seguro que seguíamos, es ahora un erial
pedregoso. La flor generosa que nos insuflaba fuerza, está marchita.
Toda la fe que en el habíamos puesto, parece derramarse en su sangre...
Ese es el desaliento de los que tienen enfermedades, de los que son azotados
por catástrofes naturales, de los que son perseguidos, asesinados,
de los hambrientos, de los condenados, de los desesperados... "Felices los
que tienen espíritu de pobre porque de ellos es el reino de Dios. Ahora todo es silencio.
El silencio de un nicho. Jesús, ya no está con nosotros,
yace ya en su sepulcro. Lento avanza doblando la esquina. Gabriel, y Villarrubia
entera, baja la cabeza. El palido cuerpo de Jesús fallecido es
llorado por dos ángeles desconsolados. "Envolvieron
el cuerpo en una sábana limpia y lo colocaron en un sepulcro nuevo
excavado en la roca. Después sellaron la tumba rodando una gran
piedra redonda." Jesús quiso
morir como nosotros para que aprendieramos también a morir como
él: con la esperanza ciega en el amor del padre Dios y de una vida
eterna a su lado. Los corazones de los villarrubieros estaban serenos
pero oprimidos por el duelo . De repente una nueva
punzada de dolor hace brotar algunas lágrimas de las mejillas colectivas
del pueblo. Una cruz alta y vacía quiebra en dos la bóveda
celeste calle arriba. Un blanco sudario ondea al viento como una paloma
vuela al cielo y cubre torpemente la desnudez del madero. La madre sostiene
en sus rodillas lo que antes era pura vida. Su único hijo, su vida,
su consuelo... es ahora un despojo, un manojillo de violetas muertas por
el suelo. El rostro desencajado de María nos mira gritando pidiéndonos
piedad. ¿Puede haber dolor más grande que el dolor de esa
madre? Sus manos abiertas piden una explicación pero nadie puede
consolarla, nadie. Es la Virgen de la piedad, de la angustia, del dolor
más extremo. No es la pena que va dentro, es la tristeza que se
desborda, que no se contiene... es el dolor para el que ya no hay más
llanto, para el que ya no hay más duelo. Nuestros ojos, que
llorosos tampoco entienden, buscan entendimiento por el suelo... Tras un camino entorchado
de luto y fuego la Santísima Virgen María, en la soledad
de su dolor, abandona su clausura para llorar junto a su pueblo. ¡Mujer de la
más honda soledad, Los pasos vuelven al templo, y la Virgen de la Soledad vuelve a llorar a su convento. ¡Que tristes se sienten Julián, Pablito, Pedro, Isabel, Eugenia, Antonio, Josefa, Marijose, Javier, Víctor... qué tristes! Cuando el domingo
abre sus puertas de par en par dejándo tras de sí las oscuras
puertas del triste sábado santo, el fuego se convierte en vida,
en luz de Cristo, y saltando de mano en mano limpia las tinieblas del
templo parroquial. Por la mañana,
temprano, todo es júbilo, alegría, luz: que lo sepan en
Villarrubia los Villarrubieros, que lo sepa todo el mundo en el mundo
entero: Jesús, Ése que enterrabais hace tres días
apesadumbrados, el Cristo muerto. Vive, ha resucitado. "Las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Al llegar vieron que la piedra del sepulcro había sido quitada. Entraron y no encontraron el cuerpo de Jesús. Un joven de ropas brillantes les dijo: "no os asusteis, buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado. Por qué buscais en tre los muertos al que vive. No está aquí, ha resucitado" El frío cielo
del domingo es serpenteado por un cohete a la hora del encuentro: María
encuentra a su hijo resucitado y encuentra con él el sentido a
su vida, el fin de tanto sufrimiento. El negro manto negro cae con un
aleteo sonoro y todos quitamos también los velos enlutados de nuestros
corazones. Villarrubia en hermandad,
todos juntos, camina con el rostro al aire, sonriente, desenfada. Hoy domingo de Ramos, en esta tarde..... estas palabras con vocación de pregón os anuncian que comienza la Semana más importante del vivir cristiano. ¡ojalá que todos los días del año sepamos reflexionar en base a éstos! Sólo una cosa
más quiero decir, los personajes a través de cuyos ojos
he querido representar nuestra semana santa no existen físicamente
en la realidad, son inventados. Sin embargo todos conocemos en el pueblo
a gente como Gabriel, o como Josefa, o como Pedro, o como Antonio, o como
Víctor, o como Isabel, o como La Eugenia, o como Pablito... Es más, me
atrevería a decir que todos los que estamos aquí, yo el
primero, hemos visto reflejado un cachito de nosotros mismos en cada uno
de ellos. Ahora sólo
queda que cada uno de nuestros corazones viva en su interior la Semana
Santa como ha de vivirse. Ahora sólo queda que nuestros corazones
vestidos con las túnicas de las hermandades sean verdaderamente
corazones de hermano y vivamos conforme al ejemplo de Jesús no
hoy, ni mañana, ni pasado, sino durante todo el año. Espero que mis palabras
os hayan servido para adentrarnos en la Semana Santa que hoy os anuncio.
Así, como os lo he contado, es como veo yo la semana Santa de mi
pueblo, y, como dice el tópico "Así es, si así
os parece". Muchas gracias. Ángel V. Sánchez |