Pregones de Semana Santa

2001

Buenas tardes a todos, vecinos, familia y amigos:

Recién entrado Abril susurra ya perfumes de las flores primaverales, de las lacrimales yemas que lloran nuestras cepas, brisas vitales, que como una gigantesca explosión, inundan nuestras plazas, nuestros patios y nuestros campos. Aires de la sierra que nos traen tenues caricias de olivar ceniciento y aromas de tomillo y romero.

Aquí me tienen, recién entrado abril, y ciertamente avergonzado. Avergonzado porque están ahí, escuchándome, cuando yo no puedo contarles nada que ya no sepan. Es más, sería yo el que tendría que bajarme de aquí y aprender de su experiencia, de sus vivenvencias. Sois vosotros, que habéis vivido más que yo, los que deberíais explicarme a mí qué es la Semana Santa.

He de estar agradecido sin embargo a la Junta de Hermandades de Pasión el haberme propuesto ser humilde pregonero de la Semana Santa, a lo que en principio me opuse, pero luego no pude resistir. Ciertamente, era una de mis grandes ilusiones en la vida. Gracias a ellos, hoy estoy cumpliendo uno de mis sueños.

Dar las gracias, muy sinceramente, a Poli por su presentación y porque de él también he aprendido mucho de lo que significa la Semana Santa.

Y agradecido también, por supuesto, a todos vosotros, que habeis tenido a bien venir a escucharme. Gracias a todos.

Yo no soy nadie relevante en la vida del pueblo, tampoco tengo méritos profesionales, ni siquiera tengo un papel destacado en la semana santa villarrubiera. Quizá mi único bagaje es que fui cofrade desde el día que nací. Cuando di mis primeros pasos, recién nacidos los dientes, me colocaron una blanca túnica y me sacaron a la calle. Y desde ahí, desde las filas, desde debajo del trono de la Virgen niña primero, y luego bajo la Dolorosa he ido observando muchas cosas de vosotros que me escucháis. He ido aprendiendo de vosotros, viendo como viven la Semana Santa las sencillas gentes de Villarrubia. Eso, lo que yo he visto en vosotros, es lo que, hablando desde el corazón os voy a contar,:

"A ver a que hora vienes, que tenemos que ir a la función" dijo su esposa cuando Julián se calzaba las botas del campo sentado en el pico de la cama. No te preocupes mujer, que solo voy a hacer unos hacecillos de leña, dijo con su ya temblorosa voz mientras besaba la mejilla surcada de arrugas de la mujer.

Amanecía el Domingo de Ramos, Julián se abrigaba para protegerse del relente y recordaba cuando nuestro pueblo tenía sus calles toscamente empedradas y terrosas. Cuando los hierbajos y la grama surgían por todos lados y un reguerillo de agua parduzca acompañaba los caminares.

Ese día, como todos los años, Julián y su esposa verían la procesión. Los niños de la catequesis, risueños y traviesos, recorrían las calles, desde la Soledad a la Iglesia con ramas de olivo en las manos, abanicando el viento. Los mayores con amarillas hojas de palma, cimbreándose altaneras, doblándose como juncos, formarían filas ceremoniosas trajeados con sus mejores galas. Todo el pueblo, jubiloso, aclamaba a Jesús como un rey:

" Al día siguiente, la multitud que había ido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, salió a su encuentro con ramos y palmas gritando: ¡Dios nos salve! ¡Bendito sea el rey de Israel!Jesús encontró un borriquillo y montó en él"

Jesús entraba triunfal en Jerusalén, días antes de su muerte. Una gran multitud rodeó a Jesús, y con ramos de olivos y ramas de palmeras, lo acompañó en su entrada en la ciudad, entre cantos y aclamaciones. Muchos lo reconocían con fe y esperanza. ¡hosanna! El rey de los pobres, descalzo, montado en un borriquillo y rodeado de niños. ¿Se puede ser más humilde?

Julián, detrás de su rudo aspecto de anciano agricultor agrietado, se conmovía con los cánticos de los niños, y sus ojos se llenaban de lágrimas contenidas: ¿seremos como las hojas de palma, que se doblan según les da el viento, que nos dejamos llevar, que olvidamos pronto nuestros compromisos? -pensó Julián mientras pellizcaba la cara a Pablito, que desfilaba en la fila.

Pablito era el hijo de su vecino Pablo. Tenía no más de nueve años y ya hacía dos que era hermano de los blancos. Cuando llegaba Jueves Santo, bajaba por la calle del Hermano Mayor hasta la iglesia con su pequeña túnica de nube blanca y su capa de cielo azul. "El cordón a la derecha y el rosario a la izquierda", recordaba siempre a su madre cuando lo vestía. Pablito siempre se adelantaba en las filas al llegar al templo para ver la salida de los pasos de los "moraos".

La gente abarrotaba la calle y entre los murmullos salía a hombros de los más jóvenes el Niño de la Bola, mofletudo, risueño, Jesús en su infancia. Pablito veía en él a su amigo fiel, a alguien cercano, Jesús, salvador del mundo, Diós era un niño, como él. Su amigo Jesús le confortaba cuando estaba triste, o cuando tenía miedo y por eso todos los años se iba delante, junto al estandarte guía, para ver su salida.
El estandarte de los blancos lo llevaba Pedro. Llevaba años llevándolo, y seguramente antes lo habría llevado su padre, y antes su abuelo... Allí, tras el velo de su capirucho fijó los ojos en el cancel de la Iglesia donde, tras unas sombras de luces temblorosas salía a hombros morados "El beso de Judas":

"Estaba todavía hablando cuando llegó Judas, uno de los Doce, y con él mucha gente armada de espadas y palos...El traidor les había dado una señal: "Al que yo bese, ése es, arrestadlo." Se acercó a Jesús y le dijo "Buenas noches Maestro" y lo besó..."

Entre la oscura ramoniza de la noche de Getsemaní el discípulo traicionaba a su maestro, y cada hoja aciculada del olivo parecía multiplicar la pesadumbre, las expresión de desconcierto de los amigos. Impotencia de un puñado de pescadores que perdían a su Señor. Al ritmo lento del tambor Jesús traicionado se alejaba y allí, en la calle, junto a la puerta entreabierta de la sacristía, Pedro pensó cuantas veces hemos engañado a nuestros iguales, cuantas veces los hemos traicionado. Cerró los ojos y volvió la cabeza.

Al lado, en la acera estaba Isabel, a sus dieciséis años era toda una mujer como diría su abuela. Con gesto serio presagiaba el siguiente paso: "El cristo amarrado a la columna"

"Entonces Pilato dejó en libertad a Barrabás y mandó azotar a Jesús. Los soldados le quitaron los vestidos y le pusieron un manto de color rojo. Después le pusieron en la cabeza una corona que habían trenzado con espinas y en la mano derecha una caña. Se burlaban de él, le pegaban y le escupían en la cara"

Mil velas encendidas son lágrimas de llanto por el dolor del preso, preso de amor y preso de pena.Mil gotas de sangre surcan su espalda y son mil azotes amargos que nos corroen el alma.Mil espinas de aguja hilvanan su frente y en nuestro corazón se caen los pétalos, marchitos de compartir su sufrimiento. Isabel siente los latigazos en su cuerpo y se abrasa con el dolor de Jesús ultrajado, de Jesús apaleado... mientras ve alejarse entre flores al flagelado, piensa triste y sonrojada cuantas veces herimos al hermano, y en el dolor de los maltratados, de los que sufren , de los olvidados en esa noche relunada.

Al cabo de unos minutos se produce una agitación general; las pocas colillas que brillaban al consumirse caen al suelo; reina la expectación y el silencio; las miradas se clavan incisas en la boca grande del cancel y todos los cuerpos, unos junto a otros, están en tensión. Tras la "Flagelación" saldría Jesús, susurraban los padres a sus hijos.

Allí, al lado de las puertas quejumbrosas del templo, esperaba impaciente la Eugenia. Todos en el pueblo conocían a la Eugenia. A sus ochenta y pico años seguía yendo cada jueves santo a la puerta de la iglesia para ver salir al nazareno. Tras el cancel, empezaba el vacilante caminar de Jesús con la Cruz a cuestas,:
"Llevaron a Jesús al lugar llamado Gólgota o Calvario para crucificarlo. El mismo cargaba con la cruz"
La Eugenia se pespunteaba la frente al santiguarse con su mano de raíz de higuera. Dios salía con la mirada baja, con una soga al cuello y agarrando un pesado madero con sus manos sarmentosas. Su larga cabellera ondea en el viento y cubre un hemisferio de su rostro. Lentamente, con la rodilla flexionada e inclinado hacia delante por el peso, va girando el nazareno, alejándose entre lirios y claveles.

¿De qué te acusan, Nazareno? ¿Cuál es tu pecado? Pero sus labios sellados solo aciertan a decir: amaos unos a otros como yo os he amado. La Eugenia llora: hasta en eso le hemos fallado.

Un taca taca acelerado mueve las filas de los blancos que cruzan al otro lado de la calle. Marijose mira fijamente los dorados faroles y piensa que son luceros enjaulados, pequeños jilguerillos de fuego. Marijose siempre supo que no era como las otras niñas: en el colegio no leía como las demás, ni hacía cuentas... nadie hablaba con ella. Todas fueron creciendo, tuvieron novio...todas menos la pobre Marijose, que nunca sería como las demás. Sin embargo era inocente, pura, exenta de malicia. Por eso, seguramente su corazón era más grande, por eso, seguramente, le costaba menos dar su amor.

Enfrente, los niños y niñas de la hermandad de la Soledad y Veracruz alzan con sus hombros delicados al más delicado de los nardos. La niña María: la edad más pura de la mujer más pura, la edad más limpia de la mujer más limpia. La virgen niña entrelaza sus manos en el pecho sujetando un rosario nacarado: sale la inocencia misma, el amor más entregado. Marijose se siente feliz y tira un beso con su torpe mano a la virgen niña que se va alejando.

Josefa es la madre de Marijose. Detrás, sujetando por los hombros a su hija contiene el aliento mientras, en el interior del templo, los costaleros rezan nerviosos a la Virgen de los Dolores antes de cogerla sobre sus hombros. Josefa quedó viuda siendo todavía muy joven, con un árido camino por delante para luchar por su hija, con problemas mentales, y por su hijo, un joven de rizos claros. A los 21 años, su hijo murió en un accidente de tráfico. Sin embargo Josefa no desesperó, sino que siguió ahí, tragándose la congoja, con el corazón atravesado.

Por el cancel los costaleros casi rozan sus manos con el suelo, entre jadeos, van arrastrando los pies sobre el pavimento helado. La tristeza más sublime, el desconsuelo más desgarrado. Con un esfuerzo desatado, sube al cielo suspirando la más llorosa de las madres, la más espinada de las flores: nuestra madre, la Virgen de los Dolores.

"Simeón cogió a Jesús en Brazos y dijo a María su madre: " Mira, este niño debe ser causa tanto de caída como de resurección para la gente de Israel. Será puesto como una señal que muchos rechazarán, y a ti misma, una espada de dolor te atravesará el alma"

La Virgen de los Dolores tiene el corazón bordado por el sufrimiento, el alma bañada en llantos: que se le llevan preso a su hijo amado, que se lo llevan para matarlo. Sin embargo, silenciosa sigue sus pasos doloridos, poco a poco, latido a latido, con un corazón agrietado que arde.

Silenciosa también, se como la noche a la tarde. El viento mece el palio cimbreante, y los costaleros mecen a la Madre entre gladiolos, recordando a los que sufren, que nunca estarán solos.

Cuando la noche acaba, engullida por la gélida madrugada, Antonio se cubre con su túnica de hueso, se enfunda el aterciopelado capirote verde, agarra su farol esmeralda y se lanza calle abajo. Los esperanzos sacan sus pasos a la calle, bajo el cielo estrellado y los villarrubieros esperan en el templo con sus corazones apretados.

Sereno, grácil, ligero... de nuevo la Semana Santa chiquita, aparece, despertando la ternura, el niño Jesús carpintero. Que nobleza en su corazón sincero, que generosidad en su gesto infante. El niño Diós, martillo en mano, rueda lento hacia delante.

Adentro se escuchan voces: las chicas costaleras se colocan el costal y ajustan sus cuellos a las trabajaderas. Tras la orden el capataz la sombra de un olivo cano aparece en la madrugada. Allí, un ángel delicado de ojos dulces y almendrados da aliento al Dios más hombre, al hombre más desconsolado:
"Jesús se adelantó un poco y cayó en tierra, suplicando que si era posible no tuviese que pasar por aquella hora. Decía "Padre, para ti todo es posible, aparta de mi esta copa. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú".

La imagen de Cristo con los sufrimientos de un Hombre, resignado en su silencio, sumido en la turbación, el miedo, vigilia y rezo. La amargura de sentir de cerca que llega el final le hace sudar dolorosas gotas de sangre. Sus amigos, se han dormido. Ahora está solo. Sólo los olivos centenarios de Getsemaní son testigos. ¿Por qué te abandonan, Nazareno? ¿Dónde están los que te aclamaban con ramos y palmas. ¿Por qué te abandonan, Nazareno?

Antonio enciende su vela y piensa cuantas veces hemos abandonado al que más nos necesitaba, cuantas veces retiramos el hombro cuando nos duele el peso del dolor ajeno... poco a poco se va alejando "Jesús en el huerto".

Entre el terciopelo verde y la plata, entre la cera derretida y la noche clara, asoma al cancel la Virgen de la Esperanza. La música se desparrama por el suelo y forma alfombras de notas, caminitos de sosiego. La madre de Dios, como siempre detrás de su hijo, empieza el caminar lento: paso a paso, paso a paso, paso a paso... Toda la vida esperando la amargura del momento. Nunca dudaste, buena madre. Siempre confiaste en su palabra. Enséñanos María a no perder nunca la Esperanza. María esperanza del que sufre, esperanza del que anhela, esperanza del que vive y del que espera vida nueva.

Cuando los verdes llegan por el ayuntamiento, se cierran las puertas grandes del templo. Ahora todo es silencio. Dentro, Jesús está acompañado. El santísimo monumento, en una recogida capilla es adorado. Sus amigos villarrubieros no lo abandonan en la noche de la traición, No le dejamos solo. En el sufrimiento, blancos, moraos, verdes y pueblo, acompañamos con oración a Jesús en tormento y reflexionamos: la agonía de Jesús sigue hoy en nuestros hermanos enfermos, solos, marginados, explotados, perseguidos, despreciados...

Más tarde, cuando ni es noche ni es mañana, ni es alba, ni es madrugada: es la hora de afrontar la última senda estrellada.

Un cofrade morao espera sentado dentro de la Iglesia el comienzo de la procesión: va descalzo, tiene cadenas en los pies y soporta el peso de un astillado madero.

Jesús toma la cruz y se abraza a ella. La abraza y el abrazo le va abriendo heridas en sus hombros llagados. ¡Qué duro se hace caminar con paso lento por la via dolorosa de la cruz . El Nazareno sale de la iglesia entre el aliento contenido de los fieles más madrugadores y con debilidad, avanza sudoroso y sediento.
Nosotros, no podemos permanecer impasibles ante el Señor que carga con todas nuestras debilidades, piensa el morao de las cadenas en los pies "Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz de cada día y sígame". Cientos de moraos, con su cruz a cuestas parten camino del calvario.
Cuando se hace de nuevo el silencio estremecido, los blancos vuelven a meter sus hombros doloridos bajo palos. Agachados, hasta el suelo, van sacando a la desconsolada madre. De amargura y dolor llorosa, parte atormentada la madre en busca de su hijo: el cielo tiene de luto un oscuro velo. La virgen seca sus lágrimas con las puntillas de su pañuelo.

Los moraos dibujan silenciosas estelas de luto con sus cruces. Los blancos desgranan en murmullos las cuentas de sus rosarios.

En la esquina de correos, Jesús cae por primera vez: allí, en el suelo lo encuentra su madre. Fortaleza de Dios, debilidad de hombre.Jesús desfallece como hoja de otoño y cae ante el correr presuroso de María.
La virgen llega ante su hijo quedando una frente al otro; no hay palabras para decir; un rostro desolado y triste es surcado por unas lágrimas de amor y dolor infinitos; otro rostro sucio y ensangrentado, de labios que son rastrojos, resecos y amoratados.

Joaquín, que observa desde un balcón el encuentro, llora acongojado una saeta: de sobra sabes, Madre Mía, que toda mi vida daría por quitarte siquiera un cachito de dolor. Que tu pena quiero hacer mi pena, y abrazar contigo al Nazareno, nazarena. Déjame que llore por ti, Madre de los Dolores. De sobra sabes, Jesús caído, que a mordiscos me arrancaría el corazón para alfombrar tu rodilla dolorida, y con mis dedos coronaría mi frente con tu corona de espinas, y con mi espalda, mis hombros y mi alma llevaría tu cruz.... para que descansaras Tú.

Jesús se levanta y camina calle arriba. María, llora calle abajo.

Javier es costalero de la dolorosa. El penúltimo del segundo palo de la parte de delante. Al llegar a la esquina del Mercado la virgen se para. Javier ve como las chicas costaleras corren con la Santa Mujer Verónica sobre sus hombros. Jesús ha caído por segunda vez:

"Cuenta una piadosa tradición que al pasar la comitiva, una mujer se metió entre la alborotada turba, se acercó al Salvador y con un velo que llevaba le enjugó piadosamente el sudor de su divina cara.
Jesús dejó impresos en el velo de la Verónica los rasgos de su Santa Faz "

La Verónica, mira a Jesús con pena y seca su sudor doloroso. Nadie más da su aliento al Dios abandonado, nadie más le abraza, nadie más le reconforta.

Javier se lamenta de no ser siempre como Verónica: aquella mujer, ajena al que dirán de sus vecinos, se lanzó para ayudar al condenado, al marginado, al que nadie quería...

El nazareno se levanta: ¡ Costaleros de Jesús: Arriba! Por una calle empedrada dirige de nuevo sus pies descalzos hacia el calvario.

En el palo izquierdo del trono de los morados, Víctor es el primero. Su hombro dolorido escuece más en la calle paradores, donde el sol acaricia suave el lívido gesto de Jesús. Al llegar a la esquina... Jesús cae por tercera vez. El pueblo se lamenta.

"Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que lloraban y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mi, llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos"

Después Jesús clava de nuevo sus pies en la tierra, gira sobre si mismo, y sube la última cuesta antes de morir. Victor agarra fuerte su palo y piensa: Enséñame, Señor, a tener un corazón como el tuyo para comprender al que sufre y perdonar al que me hiere. Entre aplausos, Jesús entra en el templo. Detrás entra verónica con contrariado semblante. Silenciosa y llorosa, María, entra en la iglesia empujada por el corazón de todo el pueblo. Ha terminado el camino de la cruz, la vía dolorosa.

Noche de Viernes Santo. Luto. Viernes Santo por la Noche. Negro. Noche de Viernes Santo, dolor negro y enlutado.

Gabriel está muy viejo. Su corazón le ha dado ya tres sustos, y sus pulmones renegridos apenas si le sirven para respirar. Tapado con una manta, espera paciente en su silla de ruedas en la esquina de la Soledad y la calle Charcazo. En su pecho siente tristeza, llanto y pésame.

Delante de la cansada vista de Gabriel van desfilando los verdes, silenciosos, respetuosos. Jesús ha muerto y sólo el silencio merece ser sudario con el que cubrir su cuerpo. El dolor sobrecoge a las figuras del santo descendimiento:

"José de Arimatea pidió a Pilatos el cuerpo de Jesús. José bajó el cuerpo de la cruz y lo envolvió en una sábana que había comprado. Fue también Nicodemo, aquel que había ido de noche a ver a Jesús, llevando mirra perfumada y alóe. María Magdalena y la otra María miraban donde colocaban el cuerpo".
Gabriel reflexiona: hay momentos en los que el fracaso llega, en que parece que todo está perdido. Seguramente eso pensaron los discípulos: Jesús estaba muerto e iba a ser enterrado. Nada más se podía hacer, todo se había acabado.

Sin embargo, a lo lejos, un campo de velas encendidas y un torrente de luces iluminan la cara de la Virgen de la Esperanza. Incluso en esos momentos, piensa Gabriel, hay que tener un corazón anhelante de confianza, esperanzado. Así todos confiamos y esperamos respetuosos pensando en lo que dijo Jesús:
"Dentro de poco ya no me veréis, pero más tarde me volvereis a ver"

La noche se va haciendo cada vez más cerrada y oscura bajo el cielo villarrubiero. Los moraos bajan en cascada de espuma negra calle abajo. El sonido de las cornetas es un lamento estridente, un alarido de dolor al aire. Dios es hombre y como hombre sufre, agoniza y muere. Colgado de un madero, desnudo y destrozado, el hijo de Dios siente el abandono más absoluto cuando lanza al aire su último suspiro de aliento:
"La tierra se cubrió de tinieblas. A eso de las tres Jesús gritó con fuerza: "Dios mío, dios mío, por qué me has abandonado"... Después gritó muy fuerte: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Y expiró. En ese momento se rasgó en dos partes la cortina del templo y tembló la tierra"

La madera ya no es ahora madera, es muerte. Vemos al hombre colgado en la cruz, recorremos entre lágrimas sus venas, sus tendones en tensión, sus costillas, sus músculos maltratados. Sentimos el dolor de sus manos y pies llagados, y nos escuece como propia la llaga de su costado. Nuestra luz, se ha apagado. El camino seguro que seguíamos, es ahora un erial pedregoso. La flor generosa que nos insuflaba fuerza, está marchita. Toda la fe que en el habíamos puesto, parece derramarse en su sangre... Ese es el desaliento de los que tienen enfermedades, de los que son azotados por catástrofes naturales, de los que son perseguidos, asesinados, de los hambrientos, de los condenados, de los desesperados...
Gabriel, olvida por un momento su enfermedad y reza en silencio por todos aquellos que sufren: "Señor, que no desfallezcan y recuerden tus palabras que ya no puedes decirnos ahora:

"Felices los que tienen espíritu de pobre porque de ellos es el reino de Dios.
Felices los que lloran, porque recibirán consuelo.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el reino de Dios.
Alegraos, porque grande será la recompensa que recibiréis en el cielo".

Ahora todo es silencio. El silencio de un nicho. Jesús, ya no está con nosotros, yace ya en su sepulcro. Lento avanza doblando la esquina. Gabriel, y Villarrubia entera, baja la cabeza. El palido cuerpo de Jesús fallecido es llorado por dos ángeles desconsolados.

"Envolvieron el cuerpo en una sábana limpia y lo colocaron en un sepulcro nuevo excavado en la roca. Después sellaron la tumba rodando una gran piedra redonda."

Jesús quiso morir como nosotros para que aprendieramos también a morir como él: con la esperanza ciega en el amor del padre Dios y de una vida eterna a su lado. Los corazones de los villarrubieros estaban serenos pero oprimidos por el duelo .

De repente una nueva punzada de dolor hace brotar algunas lágrimas de las mejillas colectivas del pueblo. Una cruz alta y vacía quiebra en dos la bóveda celeste calle arriba. Un blanco sudario ondea al viento como una paloma vuela al cielo y cubre torpemente la desnudez del madero. La madre sostiene en sus rodillas lo que antes era pura vida. Su único hijo, su vida, su consuelo... es ahora un despojo, un manojillo de violetas muertas por el suelo. El rostro desencajado de María nos mira gritando pidiéndonos piedad. ¿Puede haber dolor más grande que el dolor de esa madre? Sus manos abiertas piden una explicación pero nadie puede consolarla, nadie. Es la Virgen de la piedad, de la angustia, del dolor más extremo. No es la pena que va dentro, es la tristeza que se desborda, que no se contiene... es el dolor para el que ya no hay más llanto, para el que ya no hay más duelo.

Nuestros ojos, que llorosos tampoco entienden, buscan entendimiento por el suelo...

Tras un camino entorchado de luto y fuego la Santísima Virgen María, en la soledad de su dolor, abandona su clausura para llorar junto a su pueblo.

¡Mujer de la más honda soledad,
huérfana de Hijo,
como un árbol despojado en abril, apenas núbil!
Madre en la soledad,
Madre en la muerte, para darnos vida con la vida del Hijo arrebatada. Madre en la noche del mayor silencio,
a tientas el andar del corazón y la palabra humilde sin respuesta,
como una pregunta en el desierto frío.
¡Sin respuesta de nadie, sola en tu Soledad!
Más sola que el Dolor, dormido en tu regazo para siempre.
Más sola que la Muerte que muere para dar la vida, renacida en tu gozo, como una golondrina libertada.
Camino del sepulcro,
con el llanto caído como la cera de los cirios,
la soledad del mundo camina a tu paso lento bordando las calles del pueblo triste.
¡Te llamaremos todos muchas veces,
desde esta nuestra soledad tan sola, María Soledad!
¡Oh Soledad, oh compañía nuestra!

Los pasos vuelven al templo, y la Virgen de la Soledad vuelve a llorar a su convento. ¡Que tristes se sienten Julián, Pablito, Pedro, Isabel, Eugenia, Antonio, Josefa, Marijose, Javier, Víctor... qué tristes!

Cuando el domingo abre sus puertas de par en par dejándo tras de sí las oscuras puertas del triste sábado santo, el fuego se convierte en vida, en luz de Cristo, y saltando de mano en mano limpia las tinieblas del templo parroquial.

Por la mañana, temprano, todo es júbilo, alegría, luz: que lo sepan en Villarrubia los Villarrubieros, que lo sepa todo el mundo en el mundo entero: Jesús, Ése que enterrabais hace tres días apesadumbrados, el Cristo muerto. Vive, ha resucitado.

"Las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Al llegar vieron que la piedra del sepulcro había sido quitada. Entraron y no encontraron el cuerpo de Jesús. Un joven de ropas brillantes les dijo: "no os asusteis, buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado. Por qué buscais en tre los muertos al que vive. No está aquí, ha resucitado"

El frío cielo del domingo es serpenteado por un cohete a la hora del encuentro: María encuentra a su hijo resucitado y encuentra con él el sentido a su vida, el fin de tanto sufrimiento. El negro manto negro cae con un aleteo sonoro y todos quitamos también los velos enlutados de nuestros corazones.

Villarrubia en hermandad, todos juntos, camina con el rostro al aire, sonriente, desenfada.
De puerta en puerta, todos vamos anunciando la noticia: ¡Alegraos porque el Señor ha resucitado!
Una semana ha pasado desde que Jesús era aclamado al entrar en Jersusalén. Al domingo siguiente aclamamos al resucitado.

Hoy domingo de Ramos, en esta tarde..... estas palabras con vocación de pregón os anuncian que comienza la Semana más importante del vivir cristiano. ¡ojalá que todos los días del año sepamos reflexionar en base a éstos!

Sólo una cosa más quiero decir, los personajes a través de cuyos ojos he querido representar nuestra semana santa no existen físicamente en la realidad, son inventados. Sin embargo todos conocemos en el pueblo a gente como Gabriel, o como Josefa, o como Pedro, o como Antonio, o como Víctor, o como Isabel, o como La Eugenia, o como Pablito...

Es más, me atrevería a decir que todos los que estamos aquí, yo el primero, hemos visto reflejado un cachito de nosotros mismos en cada uno de ellos.

Ahora sólo queda que cada uno de nuestros corazones viva en su interior la Semana Santa como ha de vivirse. Ahora sólo queda que nuestros corazones vestidos con las túnicas de las hermandades sean verdaderamente corazones de hermano y vivamos conforme al ejemplo de Jesús no hoy, ni mañana, ni pasado, sino durante todo el año.

Espero que mis palabras os hayan servido para adentrarnos en la Semana Santa que hoy os anuncio. Así, como os lo he contado, es como veo yo la semana Santa de mi pueblo, y, como dice el tópico "Así es, si así os parece".

Muchas gracias.

Ángel V. Sánchez