|
UNA
NUEVA TRADICIÓN
Una
lavandera al lado del camino o un martín pescador pueden
fundar una tradición más fuerte que las más
vetustas murallas o las catedrales más esplendorosas. El
relámpago amarillo de una oropéndola en el ciclo de
junio o el discurrir de un pato sobre la superficie serena de un
tablazo pueden crear lazos más indisolubles entre el hombre
y su entorno que la más elocuente declaración política
de identidad.
Durante
muchos años esta cerámica ha tenido su taller en el
campo, ha bebido en las fuentes del paisaje, no con los ojos del
pintor, sino con las manos del artesano que pone la mirada en la
punta de los dedos. Este paisaje pertenece a la Mancha húmeda,
en una zona ubicada entre las últimas estribaciones de los
Montes de Toledo y las Tablas de Daimiel y Villarrubia de los Ojos.
Tiene que ver de un modo u otro con ese lugar donde el río
Guadiana resurgía de nuevo después de su desaparición
en la llanura. Un pequeño mundo que anualmente recibe la
visita de millares de pájaros de diversas especies y que
guarda todavía la huella incontaminada de una cierta riqueza
natural.
La
Mancha no ha tenido una tradición ceramística equiparable
a la talaverana o a la de Puente del Arzobispo. Las sobrias producciones
de Francisco García-Uceda, en La Solana, la alfarería
artística de la familia Peña de Villafranca, o las
humildes piezas de los últimos barreros como Juan Vicente
Medina Mata, de Villanueva de los Infantes, forman parte de una
tradición surgida de la necesidad, sin maestros, sin escuelas,
sin continuadores, condenada a desaparecer en la mayoría
de los casos con la desaparición del artista.
El
gran mérito de esta cerámica es haber consolidado
durante veinte años una propuesta artística y vital
donde se funden tradición y vanguardia, asumiendo técnicas,
modelos y motivaciones absolutamente contemporáneos, pero
siempre encaminados a la identificación del hombre con el
medio, del artesano con su entorno.
De
la sobria estilización que el artesano imprime a sus obras
se desprende un propósito cordial de satisfación,
una cierta voluntad por imprimir al barro la huella digital del
paisaje mediante sus elementos más representativos. Cada
pieza es concebida como un mundo, y aunque el motivo se repita,
sólo es fiel a sí misma y a la particular percepción
del artesano.
En
esta fidelidad, creo yo, radica la principal aportación a
esta tradición que se nos presenta como la alianza entre
la tierra y la mirada que se apropia de ella, entre la luz y la
vida que la refleja.
Franciso Gómez-Porro
Poeta y escritor.
|